Este artículo narra mi experiencia realizando una travesía de 3 días en la montaña; si tu interés es conocer cuales son los imperdibles de la capital del trekking, este blog es para vos! Sino quédate aquí que te cuento todo lo que vivimos.
Cuando empecé a organizar el viaje grupal -que finalmente no se concretó-, uno de los proveedores con los que estuve en contacto me mencionó esta travesía. En ese momento, incluirla en el itinerario con el servicio que ellos proponían encarecía demasiado la propuesta. Estábamos muy cerca de la fecha como para incrementar aún más el valor, así que la descartamos.
Decidí viajar de todos modos para vivir la experiencia y mostrarla, y si había algo seguro, era que esa travesía debía formar parte de mi plan. Primero, porque quería experimentarla en primera persona, y segundo, porque sin duda será parte del programa del grupo que viajará conmigo a El Chaltén en 2026 🥁🥁
Pero volvía a tener el mismo dilema: no contaba con suficiente dinero para pagar el paquete completo. Para ser clara, el servicio consiste en tres días en la montaña y dos noches, con todas las comidas incluidas, que se sirven en unos domos divinos en medio del bosque. Para dormir, te brindan carpa, aislante y bolsa de dormir. Es espectacular porque no cargás con peso ni comida ni equipo, lo cual te permite disfrutar mucho más el camino. Pero el precio no se alineaba con mi viaje improvisado.
Así que indagué un poco más y encontré la forma: alquilaríamos equipo y llevaríamos nuestra propia comida, pernoctando en los dos campings habilitados en la zona: Poincenot y De Agostini.
Llegamos a El Chaltén y el pronóstico anunciaba buen clima, así que esa misma noche —mientras el pueblo se recuperaba de la primera gran nevada del otoño, con sus calles aún a oscuras por falta de electricidad— salimos a buscar nuestro kit de acampe.
🏕️ DÍA 1 – Desde El Chaltén hasta Poincenot: Bienvenida a la aventura
Nos despertamos justo antes del amanecer. La emoción era total, aunque también había algo de nervios: sería nuestra primera vez acampando en la montaña, y con temperaturas tan bajas. Afortunadamente, la logística del armado de mochilas se me da muy bien, así que repartí el peso de la mejor forma posible. Organizamos lo que dejaríamos en la hostería y ¡partimos!
Comenzamos por la senda que sale del pueblo, pasando por la Laguna Capri. El día era una MARAVILLA, de esos ideales que se dan muy pocas veces al año. ¡Qué afortunados! La nevada del día anterior había dejado huella a los costados del sendero y sobre las ramas doradas de los árboles, ahora cubiertas de blanco. El sol de media mañana comenzaba a derretir la nieve más alta, y en las luces del bosque caían pequeñas gotas de magia.
La distancia hasta el campamento Poincenot es de 8 km. Nos detuvimos más de lo previsto: por el peso de las mochilas, pero también porque el paisaje era una postal que merecía ser contemplada. En Capri almorzamos con una vista increíble del Fitz Roy reflejado en la laguna. Cuatro horas después, llegamos a destino.
La idea inicial era armar campamento y quedarnos en los alrededores disfrutando, para ascender a la Laguna de los Tres al amanecer, pero la realidad es que estábamos viviendo un día idílico y no queríamos desaprovecharlo por temor a que la mañana siguiente las condiciones no fuesen optimas. Así que plantamos bandera, armamos la carpa, dejamos nuestras mochilas pesadas, armamos una pequeña con lo esencial para subir y comenzamos el ascenso siendo las 15:45. Es importante conocer bien tu resistencia y tener claro el horario de puesta de sol, además de llevar luces por si oscurece. Por simple que parezca el camino, siempre debes salir preparado para todo.
Y qué suerte que decidimos subir! Nuestra experiencia anterior con la Laguna de los Tres había sido algo desmotivante porque lo hicimos en un día con muy mal clima, atravesamos una tormenta de viento y nieve, y no vimos absolutamente nada. Ahora estábamos ahí, prácticamente solos, disfrutando la paz, el silencio abrazador, y la inmensidad de la montaña en frente a nuestros ojos. Reposamos sobre una roca para descansar, contemplar y disfrutar de un snack que nos devolviera algo de energía.
Cuando el sol se ocultó detrás de la montaña, decidimos que era momento de bajar. Regresamos al campamento con la romántica idea de estar un poco afuera disfrutando de la noche y el entorno, pero la dura realidad es que hacía demasiado frío; literalmente no podías quedarte quieto porque los pies comenzaban a entumecerse. Así que preparamos una deliciosa polenta con salsa y queso, y antes de poder ver las estrellas en el firmamento, ya estábamos dentro de nuestras bolsas de dormir.
Nos fuimos a la «cama» temprano, así que pasó lo que podía pasar: 1a.m. ganas de ir al baño😣 Junté coraje y abrí la carpa, todo era escarcha alrededor. Me calcé y salí; intenté hacerlo lo más rápido posible, pero en el intento miré hacia arriba y wow… el Fitz Roy iluminado por la luna, brillando en el medio del cielo rodeado de estrellas. Una imagen que no capturé con mi cámara, pero si con mi retina y que guardaré para siempre.



🌄 DÍA 2 – Del amanecer al atardecer: Cumbre emocional
Cuando el reloj marcaba las 6.15 a.m. sonó mi alarma, aún era de noche. Cargamos nuestras mochilas con todo lo necesario para el desayuno, encendimos nuestras frontales y abandonamos el campamento. La caminata fue dura, primero porque era difícil entrar en calor debido a la baja temperatura, y segundo porque el sendero estaba demasiado resbaladizo debido al hielo que se genera sobre las rocas, la tormenta perfecta para comenzar el día con algún que otro golpe.
Si nunca has realizado esta ruta, debes saber que al salir de Poincenot cruzas el río, y desde ahí comienza el ascenso. Pero éste se divide en 2 etapas, un primer tramo amplio, empinado en línea recta y mayormente seco. Y otro segundo tramo que es el real enemigo; un sendero angosto, empinado, zigzagueante, y por el cual desciende una pequeña pero peligrosa corriente de agua, que al congelarse durante la noche, hace que las rocas se conviertan en una auténtica pista de patinaje.
Durante algunos momentos me cuestioné «por qué no soy una chica de all inclusive?😂», después volteaba para ver el paisaje a mis espaldas y se me borraban todas las dudas… el cielo teñido de la más amplia gama de colores detrás de las montañas sin dudas es la mayor recompensa al esfuerzo. Y justo cuando crees que el solo hecho de apreciar ese paisaje ya valió la pena, llegas a la laguna y ves al Fitz Roy, reflejado por esos tonos que abundan en el horizonte, y el corazón explota de felicidad. Y solamente ahí logras comprender verdaderamente por qué te gusta ir a la montaña, dormir en el medio del bosque en una noche gélida de otoño, levantarte de madrugada para comenzar a caminar sobre rocas resbalosas, desafiarte física y mentalmente, sentir la adrenalina que te genera estar solo en el medio de la naturaleza salvaje, nada más ni nada menos que para ver un amanecer, pero que no es un amanecer más, es ESE amanecer que no se te va a olvidar nunca, que va a quedar grabado en tu memoria para siempre. Porque solo quién tiene la suficiente locura y admiración por la naturaleza, puede hacer todo esto para disfrutar de un pequeño instante como este.
Permanecimos en la laguna por algo más de una hora, contemplando como los colores del amanecer se esfumaban dando paso a un cielo gris que nos acompañaría durante todo el día. Preparamos un té para entrar en calor, porque el frío y estar quietos no son buenos amigos y con un poco de pena, fuimos dejando atrás a este tridente de novela: el Fitz Roy, el Poincenot y el Saint Exupery. El descenso fue aún más duro que la subida, el sol no calentaba y las rocas estaban todavía más resbalosas que a la madrugada; tardamos dos horas en llegar al campamento. Nos tomamos un pequeño descanso antes de comenzar la operación desarme.
Eran las 12 del mediodía pero se sentían como las seis de la tarde, y todavía teníamos 11 kilómetros por delante. Lo mejor era que estábamos a punto de adentrarnos en un camino desconocido para nosotros: el tramo que recorre las lagunas Madre e Hija. Como todo lo que haces por primera vez, tiene esa magia de nuevas vistas, nuevos spots, nuevos descansos. Este sendero se extiende por 7 kilómetros, en donde prácticamente no hay desnivel si te diriges desde Poicenot hacia De Agostini; en caso de que hagas el circuito de forma contraria, los primeros 2 kilómetros sí presentan algo de inclinación. La distancia restante para completar los 11km totales forma parte del sendero a Laguna Torre, y tampoco presenta desnivel en ese tramo.
A cada paso que dábamos, sentíamos el efecto de haber subido dos veces a Laguna de los Tres en menos de doce horas. Hicimos infinitos descansos, el mas extenso a orillas de la Laguna Hija, en la que preparamos nuestro almuerzo. Para ese entonces, ya habíamos perdido de vista al Fitz Roy.
Después de incontables horas de caminata, llegamos la intersección de los senderos. Desde ahí, recorrimos los 4 kilómetros más largos de nuestras vidas. Nos prometimos que al arribar al campamento, armaríamos la carpa y no nos moveríamos de allí porque era necesario descansar las piernas. Pero adivinen que pasó: fuimos a la Laguna Torre😅; siempre hay un poco más de energía para disfrutar los mejores lugares del mundo en soledad. La paz que se sentía allí era sobrecogedora; ni una persona además de nosotros, ni un sonido. Caminábamos casi deslizándonos por las rocas para no arruinar tan majestuoso silencio; poder estar solo en un lugar así, se sintió como si el mundo se hubiese detenido. A medida que pasa el tiempo y voy viviendo nuevas experiencias de este tipo, valoro y disfruto cada vez más los momentos de silencio absoluto, hacen que me sumerja por completo en el presente.
Esa noche el frío nos dio un poco de tregua, y pudimos disfrutar de nuestra cena sin tiritar. El menú: polenta con salsa, obvio, ya que cuando todo lo que necesitas para vivir va cargado en tu espalda hay que optimizar. Realizando esta travesía con todo en nuestras mochilas, realmente pudimos apreciar lo importante que es entrenar específicamente ese tipo de cosas. Yo suelo caminar mucho, demasiado, pero jamás con peso, y eso fue lo que hizo que por momentos se nos hiciera agotador el camino.



Fotografías tomadas con la cámara analógica Minolta de mi papá, de los años 90′
🥾 DÍA 3 – Últimos pasos: calma, belleza y siempre la promesa de volver
Al día siguiente el objetivo era claro: levantarnos lo suficientemente temprano para disfrutar de otro amanecer de película. Lo bueno del campamento De Agostini es que está realmente muy cerca de la Laguna, caminas unos 10 minutos y estás ahí, en un lugar privilegiado viendo como los primeros rayos de sol que marcan el comienzo de un nuevo día en la Patagonia Sur, chocan contra las paredes de granito del Cerro Torre y el Cordón Adela, reflejándose en sus aguas y creando así una imagen que no viste ni en tus mejores sueños. Otro momento que se quedará grabado para siempre en nuestras retinas, y en nuestros corazones.
Desayunamos allí, y cuando nuestros pies comenzaron a endurecerse por el frío, decidimos regresar al campamento. Era hora de emprender el regreso al pueblo. La vuelta fue extensa, no te voy a mentir. Hicimos demasiados descansos, como si en verdad no quisiéramos volver a la civilización. Cada vez que volteaba para ver el paisaje que estaba dejando atrás, la nostalgia se apoderaba de mí; el día se había tornado espectacular, habían pocas nubes en el cielo, la temperatura era agradable y cálida: definitivamente quería quedarme ahí.
Los últimos tres kilómetros se sintieron como semanas enteras, hasta que de repente empezaron a asomar los primeros techos de teja negros en el horizonte: estábamos de nuevo en El Chaltén. Desde este punto hasta que llegamos al hotel, empezamos a charlar sobre el orden de prioridades que tendrían nuestras siguientes actividades: bañarnos, descansar las piernas, beber una cerveza y comer algo muy pero muy rico.
Fueron casi 3 días en los que estuvimos completamente desconectados del mundo exterior, de nuestro entorno, y de las redes sociales, y ni siquiera lo notamos. Es tal el disfrute, la conexión con la naturaleza y el paisaje, que ni por un segundo se te pasa por la cabeza escribir en el grupo de tus amigos para enviar una foto, o consultar que hay de nuevo en Instagram. Simplemente estás ahí, disfrutando el momento, atento a tu siguiente paso y a qué sorpresa te espera en el camino, sin preocupaciones, viviendo con lo básico, volviendo a lo esencial. Y lo más importante, conectando con la naturaleza y con las personas que te acompañan en el sendero💙 eso es sin dudas, lo más valioso que te vas a llevar de este tipo de experiencias.



Fotografías tomadas con la cámara analógica Minolta de mi papá, de los años 90′
¿Qué más te gustaría saber sobre nuestra experiencia? ¿Te sumarías a un viaje grupal para realizar esta travesía? Te leo 📝

Deja un comentario